पुस्तक · Don Quijote de la Mancha
पृष्ठ 258 / 2546
लेखक: Miguel de Cervantes
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Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a
Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había,
dieron saco a las alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz
y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron.
No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de
que le conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las
yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal
siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no todas
veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo una manada de
hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y
agua; y aquel donde acertó a hallarse don Quijote era muy a
propósito de los gallegos. Sucedió, pues, que a Rocinante le vino
en deseo de refocilarse con las señoras facas; y saliendo, así
como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia
a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar
su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que pareció, debían
de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con las
herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio,
se le rompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota.
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