Libro · Don Quijote de la Mancha
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Autor: Miguel de Cervantes
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Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba
abajo. Miróle Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre
el pecho, con muestras de estar corrido. Miró también don Quijote
a Sancho, y viole que tenía los carrillos hinchados y la boca
llena de risa, con evidentes señales de querer reventar con ella,
y no pudo su melanconía tanto con él que, a la vista de Sancho,
pudiese dejar de reírse; y, como vio Sancho que su amo había
comenzado, soltó la presa de manera que tuvo necesidad de
apretarse las ijadas con los puños, por no reventar riendo.
Cuatro veces sosegó, y otras tantas volvió a su risa con el mismo
ímpetu que primero; de lo cual ya se daba al diablo don Quijote,
y más cuando le oyó decir, como por modo de fisga:
- "Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací, por querer del
cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la
dorada, o de oro. Yo soy aquél para quien están guardados los
peligros, las hazañas grandes, los valerosos fechos..."
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